Volar, con o sin alas

¿Es posible volar sin alas? En Platonia sí lo es, como bien sabréis todos aquellos exploradores platónikos que visitáis el bestiario.

Volar sin alas

“Si pudieras quedarte sin pensar en nada, te saldrían alas y volarías como los pájaros. Sería muy bonito. Yo a veces lo he intentado hacer, pero no puedo.”
Carmen Martín Gaite, El pastel del diablo

“El secreto no es correr detrás de las mariposas, sino cuidar del jardín para que las mariposas acudan a él.”
Mar Verdejo Coto, El paisaje interior (El Bosque Habitado)

Suerte

Nadie sabía que en el jardín de casa hay tréboles de cuatro hojas. Ni siquiera yo.

Esparcidos por doquier hay pequeños y grandes tesoros a la espera de ser descubiertos. Como estos minúsculos tréboles de cuatro hojas que, camuflados en un mar de hojuelas esmeralda, aguardan la ocasión en que alguien se tome el momento de mirar más allá de la difusa masa verde para posar sus ojos sobre ellos y reconocerlos como lo que son: preciosas joyas portadoras de buena fortuna.

Y realmente puedo afirmar que estos tréboles nuestros benefician a quien los descubre. No los encuentro yo sino mi madre; en un mundo que va demasiado rápido, sólo ella tiene la paciencia para detenerse y observar. Y esa serenidad suya le ha traído más suerte de la que, unos meses atrás, nos atrevíamos a imaginar.

Suerte

Empezando bien el año

Estrenamos año … y en Platonia seguimos con muchas ganas de seguir explorando, creando y disfrutando. Entre otros proyectos, ya está en marcha la confección de los cojines de animalitos platónikos, que estarán disponibles muy pronto.

Colección Cololoro en preparación

Primero, diseñamos los cojines adaptando el gatobola, el conejorejo y el eleflante a formas geométricas más simples. Luego, elegimos telas de algodón orgánico certificado (concretamente, suaves popelinas con bonitos estampados de Birch Fabrics y agradables tejidos de punto de Cloud9 Fabrics). Después de darles un baño de agua, aire y sol, ya teníamos a punto los materiales para empezar a confeccionar los cojines: preparamos un relleno bien mullido, recortamos las telas, pintamos las caras de nuestros personajes… ¡Ya sólo faltará coserlos y estarán listos… qué emoción! :-)

Primas hacendosas

En la entrada de casa hay un madroño que cada día nos da la bienvenida. Es un árbol bonito y generoso; nos regala flores y frutos varias veces al año. Por estas fechas está cargado de preciosas flores blancas que atraen a las abejas con su dulce aroma a néctar. Nuestro patio delantero se convierte así, temporalmente, en lugar de encuentro de esponjosas abejillas peludas que, en su continuo ir y venir, lo llenan todo de vida, color y zumbidos.

¡Qué diferentes de las abellotas, estas hacendosas y alegres abejas!

Historias del puerto (III)

En el puerto hay barcos de pesca (normal) y gatos (también normal, porque allí hay pescado)… Pero, si bien a simple vista esto nos puede parecer corriente, hay algo extraordinario en ellos que casi siempre pasa desapercibido; yo misma no me habría dado cuenta si Sergi no me hubiera explicado lo que había descubierto en sus expediciones nocturnas.

El misterio está en la relación que mantienen los unos con los otros; existe una peculiar cooperación entre navíos y mininos de la cual el pequeño explorador platóniko fue testigo, y que yo ahora os cuento a vosotros, aun sabiendo que muy probablemente os parecerá tan increíble como me pareció a mi antes de verlo con mis propios ojos. En efecto, he podido comprobar que, por las noches, las barcas de los pescadores transportan furtivamente felinos pasajeros en sus cubiertas hasta los bancos de peces que sólo ellas conocen; los gatos se ponen las botas y, satisfechos después de la comilona nocturna, se relamen los bigotes hasta el amanecer. Pero ¿por qué hacen esto las embarcaciones? Su comportamiento no es desinteresado, puesto que se trata de un trueque: a cambio, los mininos les traen los mejores troncos de los bosques de la región; leños que los barcos utilizan como patas para pasear en tierra firme por los alrededores del muelle, cuando creen que nadie los ve.

HistoriasDelPuertoIII-2

No os extrañéis, pues, si alguna noche venís por el puerto y os parece ver una barca caminando.

Historias del puerto (II)

El puerto de nuestra ciudad es un buen lugar para pasar las tardes de invierno, porque su orientación permite disfrutar de los últimos rayos de sol del día. Por eso a mi hijo Sergi y a mi nos gusta salir a pasear por allí mientras él duerme su siesta en el cochecito.

… ¿He dicho “duerme”? Bueno, eso es lo que parece, aunque en realidad está bien atento. O ¿cómo si no podéis explicar que un niño de once meses conozca las historias del puerto y de sus habitantes platónikos? El otro día lo pillé in fraganti: Sergi aprovecha las noches de luna llena para escabullirse de su camita mientras los demás roncamos; gateando, vuelve al lugar de las siestas para, escondido entre los arbustos, espiar las idas y venidas de gatos, barcos y peces.

Sobre las turmalinas

Las turmalinas, piedras consideradas mágicas desde tiempos remotos, fueron llamadas lyngurion por los antiguos griegos. Deben su nombre, aunque ya casi nadie lo recuerda, a los seres platónikos de los que proceden, los lynguros; pues en Platonia estas gemas semipreciosas no se encuentran en oscuras cuevas de las profundidades de la tierra, sino en las coronadas cabezas de unas aves similares al faisán blanco.

Más sobre el Lynguro

Piedra movediza, nunca moho la cobija

La señal de alarma definitiva llegó con la afloración de hongos.
-¡Es como un campo de setas! -dijo el médico, mientras corría entusiasmado en busca de uno de sus colegas para compartir con él el descubrimiento.
Yo, sin entender nada, esperé sentada en la camilla hasta que el facultativo reapareció acompañado de otra doctora; ella, sin mediar palabra, se abalanzó con su cachivache sobre mi oído derecho y al instante exclamó, presa de un científico frenesí: -¡Qué maravilla! ¡Ojalá pudiéramos fotografiarlo! -y, dándome una palmadita en el hombro: -¡Chica, menuda cosecha!
Aturdida y medio sorda, yo no alcanzaba a entender una sola palabra hasta que, ya a solas con mi médico y superado el entusiasmo inicial, él me explicó que mi conducto auditivo se había convertido en un bonito campo circular de minúsculos champiñones.
De camino a casa me embargó la perturbadora sensación de contener una nueva vida, ni animal ni vegetal, en mi interior. -Tengo setas en la oreja… Tengo setas en la oreja -repetía, desconcertada. -¿Y cuando escucho música… moverán sus sombrereadas cabecitas al compás, esporas al viento? ¿Serán de colores, tendrán topos o rayas…? -Entonces, de pronto, comprendí algo terrible: el estancamiento finalmente había hecho presa de mi; como un trozo de pan que, olvidado en un rincón de un armario, asume al fin que ya no será bocadillo ni tostada ni rebanada con tomate y deja que el moho crezca cual suave manto de olvido en su ya inútil superficie, los largos años de sumiso letargo me estaban enmoheciendo. Aquel “bonito campo circular” no era otra cosa que las cabecitas visibles de una red que sin duda se había ido extendiendo por mis adentros durante los últimos años en que, absorbida por la inercia de las obligaciones y la rutina, había dejado de visitar Platonia. De mi interior asomaba una nueva realidad de silenciosos habitantes platónikos, hasta ayer ocultos, que ahora sacaban sus diminutos miembros a secar abandonando sus escondites en busca de aires nuevos, más oxigenados y libres.