Historias del puerto (III)

En el puerto hay barcos de pesca (normal) y gatos (también normal, porque allí hay pescado)… Pero, si bien a simple vista esto nos puede parecer corriente, hay algo extraordinario en ellos que casi siempre pasa desapercibido; yo misma no me habría dado cuenta si Sergi no me hubiera explicado lo que había descubierto en sus expediciones nocturnas.

El misterio está en la relación que mantienen los unos con los otros; existe una peculiar cooperación entre navíos y mininos de la cual el pequeño explorador platóniko fue testigo, y que yo ahora os cuento a vosotros, aun sabiendo que muy probablemente os parecerá tan increíble como me pareció a mi antes de verlo con mis propios ojos. En efecto, he podido comprobar que, por las noches, las barcas de los pescadores transportan furtivamente felinos pasajeros en sus cubiertas hasta los bancos de peces que sólo ellas conocen; los gatos se ponen las botas y, satisfechos después de la comilona nocturna, se relamen los bigotes hasta el amanecer. Pero ¿por qué hacen esto las embarcaciones? Su comportamiento no es desinteresado, puesto que se trata de un trueque: a cambio, los mininos les traen los mejores troncos de los bosques de la región; leños que los barcos utilizan como patas para pasear en tierra firme por los alrededores del muelle, cuando creen que nadie los ve.

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No os extrañéis, pues, si alguna noche venís por el puerto y os parece ver una barca caminando.

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