Historias del puerto (II)

El puerto de nuestra ciudad es un buen lugar para pasar las tardes de invierno, porque su orientación permite disfrutar de los últimos rayos de sol del día. Por eso a mi hijo Sergi y a mi nos gusta salir a pasear por allí mientras él duerme su siesta en el cochecito.

… ¿He dicho «duerme»? Bueno, eso es lo que parece, aunque en realidad está bien atento. O ¿cómo si no podéis explicar que un niño de once meses conozca las historias del puerto y de sus habitantes platónikos? El otro día lo pillé in fraganti: Sergi aprovecha las noches de luna llena para escabullirse de su camita mientras los demás roncamos; gateando, vuelve al lugar de las siestas para, escondido entre los arbustos, espiar las idas y venidas de gatos, barcos y peces.

Sobre las turmalinas

Las turmalinas, piedras consideradas mágicas desde tiempos remotos, fueron llamadas lyngurion por los antiguos griegos. Deben su nombre, aunque ya casi nadie lo recuerda, a los seres platónikos de los que proceden, los lynguros; pues en Platonia estas gemas semipreciosas no se encuentran en oscuras cuevas de las profundidades de la tierra, sino en las coronadas cabezas de unas aves similares al faisán blanco.

Más sobre el Lynguro

Piedra movediza, nunca moho la cobija

La señal de alarma definitiva llegó con la afloración de hongos.
-¡Es como un campo de setas! -dijo el médico, mientras corría entusiasmado en busca de uno de sus colegas para compartir con él el descubrimiento.
Yo, sin entender nada, esperé sentada en la camilla hasta que el facultativo reapareció acompañado de otra doctora; ella, sin mediar palabra, se abalanzó con su cachivache sobre mi oído derecho y al instante exclamó, presa de un científico frenesí: -¡Qué maravilla! ¡Ojalá pudiéramos fotografiarlo! -y, dándome una palmadita en el hombro: -¡Chica, menuda cosecha!
Aturdida y medio sorda, yo no alcanzaba a entender una sola palabra hasta que, ya a solas con mi médico y superado el entusiasmo inicial, él me explicó que mi conducto auditivo se había convertido en un bonito campo circular de minúsculos champiñones.
De camino a casa me embargó la perturbadora sensación de contener una nueva vida, ni animal ni vegetal, en mi interior. -Tengo setas en la oreja… Tengo setas en la oreja -repetía, desconcertada. -¿Y cuando escucho música… moverán sus sombrereadas cabecitas al compás, esporas al viento? ¿Serán de colores, tendrán topos o rayas…? -Entonces, de pronto, comprendí algo terrible: el estancamiento finalmente había hecho presa de mi; como un trozo de pan que, olvidado en un rincón de un armario, asume al fin que ya no será bocadillo ni tostada ni rebanada con tomate y deja que el moho crezca cual suave manto de olvido en su ya inútil superficie, los largos años de sumiso letargo me estaban enmoheciendo. Aquel «bonito campo circular» no era otra cosa que las cabecitas visibles de una red que sin duda se había ido extendiendo por mis adentros durante los últimos años en que, absorbida por la inercia de las obligaciones y la rutina, había dejado de visitar Platonia. De mi interior asomaba una nueva realidad de silenciosos habitantes platónikos, hasta ayer ocultos, que ahora sacaban sus diminutos miembros a secar abandonando sus escondites en busca de aires nuevos, más oxigenados y libres.